JESÚS NO VINO A FUNDAR NINGUNA RELIGIÓN

Voy a decir algo que puede molestar a algunas personas, pero es la verdad: Jesús nunca dijo: «voy a fundar una religión».
No existe una frase de Jesús que diga: «voy a crear el cristianismo». Ni: «construid una institución religiosa en mi nombre». Ni: «creare una jerarquía que gobierne sobre los creyentes».
Entonces... ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Porque hay algo que resulta extraordinariamente curioso: Jesús era judío, nació, vivió y murió dentro del mundo religioso judío de su época. Y, sin embargo, dos mil años después hablamos de él como fundador de una religión completamente separada ¿seguro que eso era lo que pretendía?
JESÚS NO PARECÍA INTERESADO EN CREAR UNA INSTITUCIÓN
Si lees los Evangelios buscando instrucciones para construir una organización religiosa, encontrarás algo sorprendente. Jesús habla de amor. De perdón. De compasión. De ayudar al necesitado. De no juzgar. De poner la otra mejilla. De amar incluso al enemigo. Y, sobre todo, habla una y otra vez del Reino de Dios.
Pero no encontramos un manual para crear una institución religiosa mundial. No establece un banco. No crea una administración. No diseña un sistema fiscal. No construye un ejército. No nombra un consejo de obispos. No deja escrito un catecismo.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿y si realmente lo que Jesús quería era transformar al ser humano y no crear una religión?
Y HAY ALGO TODAVÍA MÁS EXTRAÑO
Jesús fue tremendamente crítico con determinados representantes religiosos de su época. Y aquí tenemos una escena que debería hacernos pensar.
En los Evangelios aparece enfrentándose a los comerciantes del Templo. No porque estuviera en contra de Dios. Precisamente lo contrario. Su crítica iba dirigida a convertir lo sagrado en negocio.
Y también cuestionó repetidamente una religiosidad basada exclusivamente en cumplir normas mientras se olvidaba lo esencial.
En una ocasión resume la Ley en algo aparentemente sencillo: amar a Dios y amar al prójimo. Qué curioso, porque eso no parece el discurso de alguien obsesionado con crear una enorme maquinaria religiosa. Parece el discurso de alguien intentando simplificarla.
ENTONCES, ¿QUIÉN CREÓ EL CRISTIANISMO?
Aquí empieza una historia fascinante. Después de la muerte de Jesús, sus seguidores comenzaron a transmitir sus enseñanzas. Y con el paso del tiempo esas comunidades fueron creciendo.
Aparecieron diferentes interpretaciones. Diferentes corrientes. Diferentes líderes. Diferentes comunidades. Y también diferentes maneras de entender quién era realmente Jesús.
Pablo tuvo una importancia enorme en la expansión del movimiento fuera del mundo judío. Después llegaron los Evangelios escritos las comunidades cristianas crecieron, y siglos más tarde llegó algo que cambió completamente la historia: el cristianismo pasó de ser perseguido a convertirse en una religión vinculada al poder imperial. Y ahí comenzó otra historia.
IMAGINA POR UN MOMENTO A JESÚS EN EL SIGLO IV
Imagínalo entrando en una enorme basílica. Mira los edificios. Los rituales. Las vestimentas. Las jerarquías. El poder político. Los debates sobre doctrinas. Los obispos. Las disputas sobre cuál interpretación es correcta.
Y ahora imagina que alguien se acerca y le dice: «todo esto lo hemos construido en tu nombre». ¿qué crees que respondería?
PORQUE UNA COSA ES JESÚS Y OTRA COSA ES EL CRISTIANISMO
No estoy diciendo que el cristianismo sea falso. Tampoco que la Iglesia haya sido simplemente una organización de control. La historia es muchísimo más compleja.
Durante siglos, las instituciones cristianas también crearon hospitales, escuelas, obras de caridad y ayudaron a millones de personas. Pero también tuvieron poder político. Acumularon riqueza. Participaron en guerras. Persiguieron herejías. Y utilizaron en determinados momentos la religión como instrumento de poder.
Esto no convierte automáticamente el mensaje de Jesús en falso, pero sí nos obliga a separar dos cosas: el mensaje y la institución.
¿Y SI EL MAYOR ERROR FUE CONFUNDIRLOS?
Quizá Jesús nunca quiso que las personas dependieran de una institución para relacionarse con Dios. Quizá quería algo mucho más radical: que cada ser humano descubriera por sí mismo aquello que había venido a buscar.
Por eso decía cosas que, incluso hoy, resultan revolucionarias: «el Reino de Dios está dentro de vosotros». Una frase que, si realmente la tomamos en serio, cambia completamente las reglas.
Porque si el Reino está dentro de ti, ¿para qué necesitas que alguien te diga dónde encontrarlo?
Y AQUÍ LLEGA LA PREGUNTA PELIGROSA
Si Jesús enseñó a amar al enemigo, ¿qué ocurre cuando una institución religiosa declara enemigo a alguien? Si Jesús enseñó a perdonar, ¿qué ocurre cuando la religión se utiliza para justificar la persecución?
Si Jesús habló contra quienes utilizaban lo sagrado para enriquecerse., ¿qué pensaría de una institución religiosa inmensamente rica?
Y si enseñó a no juzgar, ¿por qué hemos utilizado tantas veces su nombre para juzgarnos unos a otros?
No tengo la respuesta. Pero quizá tampoco debamos tener miedo de hacernos estas preguntas. Porque cuestionar una institución no significa cuestionar a Dios. Y cuestionar una religión no significa necesariamente dejar de tener fe.
A veces puede significar exactamente lo contrario. Intentar descubrir qué queda cuando quitamos todas las capas que hemos colocado encima del mensaje original.
QUIZÁ JESÚS NO QUERÍA QUE LO ADORÁRAMOS
Quizá quería que aprendiéramos de él. Quizá no pretendía convertirse en el centro de una institución. Quizá pretendía que nosotros comprendiéramos algo que todavía nos cuesta muchísimo entender : que no sirve de nada hablar de Dios mientras tratamos mal al ser humano que tenemos delante.
Y quizá por eso su mensaje ha sobrevivido durante dos mil años. No porque una institución lo haya protegido, sino porque, de alguna manera, sigue tocando algo profundamente humano.
Así que la próxima vez que alguien te diga: «esto es lo que Jesús quería», hazle una pregunta, una sola: «¿cómo lo sabes?
Porque quizá el mayor acto de fe no sea obedecer ciegamente lo que alguien afirma en nombre de Jesús. Quizá sea atreverse a leer sus palabras...y pensar por uno mismo.
ALBERTO LAJAS